La lección del Marichu

BILBAÍNOS CON DIPTONGO

Imagen del yate Marichu en 1927, cuando todavía estaban construyéndolo. /el correo
Imagen del yate Marichu en 1927, cuando todavía estaban construyéndolo. / EL CORREO

JON URIARTE Lunes, 16 noviembre 2020, 01:342

Cuatro bilbaínos en el café Gijón de Madrid. Lugar idóneo para tertulias con mascarilla. Teníamos ganas de ver a Gonzalo Arroita. Junto a María Peraita y Javier Amézaga, ha creado una joya. ‘Las 150 vidas de Horacio Echevarrieta’. Biografía de un paisano del que podríamos hablar eternamente y que ocupó titulares por ser el armador del Juan Sebastián de Elcano.

Pero esta vez la cita arrancó por otro barco, el Marichu. En tiempos de pandemia y crisis, es la metáfora perfecta de la supervivencia. Echevarrieta tuvo más barcos. Como el Cosme y Jacinta, vapor de 70 metros llamado así en honor a sus padres. O la goleta Meteor, que perteneció al zar Guillermo II. Por no hablar de la réplica que hizo de una carabela de Colón. Pero el Marichu es especial. Empezando por la desaparición de sus planos en 1947.

La dramática explosión en sus astilleros de Cádiz le marcaría para siempre. No solo por hacer añicos el negocio. En ese accidente con olor a sabotaje murió la hija de su ingeniero Juan Antonio Aldecoa y Arias, bilbaíno del que hablaremos otro lunes, clave en la construcción del Elcano. Que ardieran planos y material era lo de menos ante este y otros dramas. Pero hay quien apunta a Aldecoa y no a Colin Archer, que se llevó la gloria, como padre del Marichu. Un barco que nació de las maderas restantes del Juan Sebastián. Por cierto, este buque tuvo un gemelo, el Esmeralda, que sigue surcando los mares y que fue regalado a Chile para pagar la deuda contraída por España durante la Guerra Civil. 

Pero volvamos al barco con nombre de mujer. Fue construido entre 1927 y 1928. 9,90 metros de eslora y 20 toneladas. Su precio, 80.000 pesetas. Por entonces, una fortuna. Una vez terminado, fue embarcado en el Cabo Roche de la compañía Ibarra, destino Bilbao. Su nombre no es casual. María del Carmen fue una hija de Horacio que murió muy joven, en 1926. De ahí que muchos de sus barcos llevaran ese nombre. Contaba con motor auxiliar, inusual entonces en barcos pequeños, un interior espectacular y un aparato de radiocomunicación de lo más avanzado. 

Pero llegaron las vacas flacas. En febrero de 1934, ahogado por las deudas y por su inversión en la construcción del submarino E1, que fue su gran apuesta, Echevarrieta se ve obligado a vender el barco. El noruego Olle Loevick y el español Enrique Hortet se hacen con él. Desde ese instante su hogar es Barcelona y su nombre Gipsy. Y cambió de vida. 

Servicio de espionaje

Al estallar la Guerra Civil, Mola crea el SIFNE, un servicio de espionaje que pretendía desorganizar el tráfico naval republicano e informar al bando nacional. La elegancia de sus formas, su tecnología y que sus dueños fueran afines al bando de Mola permitieron al Marichu ser el espía perfecto. Simularon su venta dando a entender que era un elegante e inocente yate británico. Eso no le impidió ser ametrallado en dos ocasiones. Aún hoy, sus palos llevan trazas de los balazos. El casco también las sufrió, pero desaparecieron en la restauración que le hicieron en 1969. 

Porque sigue vivo. Terminada la contienda, regresó al Real Club Náutico de Barcelona. Y como lo suyo era reinventarse, en 1994 sus propietarios lo pusieron a disposición de una escuela taller para calafates. 

A lo largo de su existencia ha tenido muchos propietarios e infinidad de aventuras. Y hoy, con 93 años, sigue surcando mares. Fiel a la filosofía de quien lo hizo posible. Horacio Echevarrieta. El hombre que vivió dos guerras mundiales, una civil y varias pandemias, incluida la gripe española. Pasó por prisión, alcanzó la gloria y vivió mil crisis. Pero jamás se rindió. En estos tiempos de aguas inciertas, viene bien recordar a este bilbaíno y al Marichu. El destino podrá llevarnos por rutas complicadas. Podremos creer que no hay rumbo posible. Y que naufragamos. Pero en nuestras manos está el timón para reinventarnos y buscar mejores horizontes.

Fuente El Correo